Durante casi veinte años, la publicidad en Google se basó en una premisa simple: elegir palabras clave, escribir anuncios y pagar por aparecer cuando alguien buscaba esos términos.
Ese modelo se está transformando. Google está empujando a los anunciantes hacia AI Max, su nuevo sistema de inteligencia artificial para las campañas de búsqueda: desde agosto ya no permite crear campañas con varios de los formatos anteriores y en septiembre empieza a migrar automáticamente las que están activas. Le está pasando ahora mismo a cualquier empresa que invierte en Google.
AI Max es un paquete de funciones que se activa dentro de las campañas de búsqueda, no una herramienta aparte. Muestra anuncios en búsquedas para las que no existe ninguna palabra clave cargada, el sistema decide solo cuándo la intención del usuario coincide con lo que vendés, reescribe títulos y descripciones a partir del contenido de la web, y puede llevar el tráfico a otras páginas del sitio que considere más relevantes, aunque el anunciante nunca las haya elegido.
La lógica detrás del cambio tiene sentido. Las búsquedas son cada vez más conversacionales. La gente ya no escribe “zapatillas running”: pregunta “qué zapatillas me convienen para correr tres veces por semana”, o directamente se lo consulta a una IA. En ese escenario, la coincidencia exacta entre lo que alguien tipea y una lista de keywords pierde peso frente a la capacidad de interpretar contexto. Hasta ahí, el diagnóstico de Google es correcto.
