El peso de la ausencia y el milagro de la mesa servida: La historia de «Lucía”
En el marco de una realidad económica asfixiante, las historias de las madres que crían solas suelen quedar reducidas a estadísticas de «hogares monoparentales». Sin embargo, detrás de cada número hay una logística invisible y una carga emocional que no descansa.
Para resguardar su integridad y evitar represalias o conflictos con la parte progenitora —un temor que comparten miles de mujeres en situación de reclamo—, llamaremos a nuestra entrevistada «Lucía». Ella es madre de tres hijos, vive en Bragado y aceptó responder este cuestionario para visibilizar lo que significa sostener una familia cuando la responsabilidad de a dos se convierte en el esfuerzo de una sola.
PARTE I: La rutina y el rol
— ¿Cómo empieza tu día? Contame desde que suena la alarma hasta que lográs salir de tu casa.
— Bueno, mi día de lunes a viernes empieza 7:00 o 7:30, a excepción si hay algún feriado o cosas así que cortan la semana, porque los nenes empezaron este año a ir al centro complementario. Si no, hasta las 8:30 o las 9:00 puedo estirarme (risas). Los preparo a ellos, los levanto… a las 8:15 más tardar ya tienen que estar en el centro. Así arranca mi día.
— ¿Sentís que tenés que ser «mamá y papá» a la vez, o sentís que sos una mamá que hace el trabajo de dos?
— Cumplo el rol que me corresponde. Yo pienso que, por más que una se esfuerce o trabaje para brindarles lo mejor, esa figura paterna que no está no se puede reemplazar. Más allá de que yo haga el trabajo que papá por ahí no hace —en el sentido de salir de casa para traer el sustento—, no se puede comparar. Los hijos necesitan a mamá, pero también necesitamos a papá en nuestras vidas. Si esa figura falta, queda una herida que de grande se sufre. Simplemente estoy haciendo el sustento que quizás papá no da, pero esa parte siempre va a faltar.
— Si hoy tuvieras una hora libre solo para vos, sin hijos ni obligaciones, ¿qué harías?
— Me he puesto a pensar y la vida sería diferente; tendría más tiempo para caminar, ir a canto, trabajar libremente o estudiar algo que me guste. En una hora libre para mí, saldría a caminar o cantaría. Simplemente eso: hacer algo que me guste o compartir un mate con un ser querido.
— ¿Cuál es el «malabarismo» más difícil que hacés para llegar a fin de mes con los precios actuales?
— Mirá, en este momento es difícil. Tengo la dicha de decir que nunca les ha faltado nada, pero es durísimo estar sin trabajo. No es que me echaron, yo dejé el trabajo porque no me favorecía en mi salud, más que nada en la vista. Quizás mis hijos no tengan ropa o calzado de marca, pero tienen para vestirse y para comer. Vivo con mis viejos porque lamentablemente se dio así y ellos me dan una mano, pero yo siempre me la rebusco. No tengo un trabajo en blanco, pero hago lo que sea para tener plata. No tiro manteca al techo, pero lo básico —la escuela, el plato de comida, donde estar— nunca falta.

PARTE II: La justicia y la realidad económica
— Respecto a la cuota alimentaria: ¿Se cumple en tiempo y forma, o es una lucha constante?
— No cuento con esa suerte, ya que el padre no me pasa nada hasta el momento.
Solo cuento con la asignación y con lo que yo trabajo por mi cuenta.
— Más allá de la plata, ¿el padre está presente en la «carga mental»? (médicos, escuela, crisis nocturnas).
— Suele estar presente en reuniones escolares, actos y visitas médicas; no siempre, pero sí. En crisis nocturnas no, porque estamos separados.
— ¿Alguna vez tuviste que judicializar el reclamo? ¿Cómo fue tu experiencia con la justicia local?
— Nunca lo hice. No me agrada la idea y lo he pensado muchísimas veces, pero al final no lo hago porque no cuento con el tiempo ni la energía para hacerlo.
— ¿Qué es lo que más te indigna de la diferencia entre tu responsabilidad y la del otro lado?
— Me voy a expandir un poco acá: creo que las leyes no están de nuestro lado. Las que llevamos a cuestas una familia que fue formada de a dos somos nosotras. La otra persona no asume ni lo obligan a asumir. Es indignante cargar con todo el peso de la crianza, educación, alimentos y vestimenta sola. Deberían obligarlos a cumplir económica y emocionalmente. Ellos tienen derechos, pero a nosotras, por reclamar, nos tildan de «malas madres» y no es así.
PARTE III: Los miedos y el espejo
— ¿Cuál es ese miedo que no le contás a nadie para no parecer «débil»?
— Miedo a no lograrlo. Miedos internos a que no pueda darles lo básico, a no poder llenar ese vacío que ellos tienen por la falta de la otra parte y que eso les esté causando una herida que les haga daño con el tiempo.
— ¿Cuál fue el momento en el que te miraste al espejo y dijiste: «No sé cómo, pero pude sola»?
— Lo hago todo el tiempo. Yo era una persona que vivía rodeada de miedos e inseguridades; temores que después de convertirme en madre fueron desapareciendo. Cuando sos madre, todo lo vivís por tus hijos. Termina el día y decís: «Un día más que lo logré, un día más que pude sacarlos adelante».
— ¿Qué es lo que más te duele de la mirada de los demás hacia las madres solteras?
— (Respuesta integrada de reflexiones anteriores): Duele que se piense que una es la «mala» por exigir lo que corresponde, o que se ignore que educar y disciplinar sola es recontra difícil hoy en día. A veces no sabés para dónde disparar, pero seguís.
Reflexión final
La historia de Lucía es el reflejo de un sistema que descansa sobre la espalda de las madres. Mientras el debate sobre las leyes de familia continúa en los despachos, en las casas de Bragado la prioridad sigue siendo la misma: que mañana, otra vez, el plato de comida no falte.

